Vidas detenidas

Vidas detenidas

La lucha contra el COVID-19 ha supuesto un esfuerzo colectivo sin parangón y nos ha demostrado nuevamente la resiliencia del ser humano

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De pronto, las calles se quedaron vacías. Las risas de los grupos de amigos dejaron de resonar en los bares y los aviones se amontonaron como chatarra inservible en los aeropuertos. Las casas se convirtieron en cárceles sin barrotes y sus inquilinos comenzaron a añorar la tan denostada rutina.

La enfermedad invisible extendió sus tentáculos entre nosotros, segando las vidas de inocentes, sin distinguir color de piel, clase social o ideología. En la primera línea del frente, los sanitarios, dispuestos a entregar su salud para recuperar la del resto y a ofrecer una mano amiga, a pesar de que muchos no superaron la batalla y, por desgracia, nos abandonaron.

No sólo fueron ellos. Hubo más: los trabajadores del campo garantizaron que no faltara comida en nuestras neveras, cuyo suministro fue posible gracias a transportistas y empleados de supermercados. Las fábricas reorientaron su producción y sus trabajadores pasaron a producir material médico. El cumplimiento de la cuarentena fue procurado por las fuerzas de Seguridad del Estado y la Unidad Militar de Emergencias no dejó calle por desinfectar.

Las casas se convirtieron en cárceles sin barrotes y sus inquilinos comenzaron a añorar la tan denostada rutina

Mientras tanto, los confinados éramos otra pieza imprescindible para el funcionamiento del engranaje y debíamos asegurarnos de permanecer en casa y seguir las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Sin embargo, el temor y la incertidumbre por el futuro se cebaba con una población que recibía un mazazo diario ante los datos de contagios y fallecimientos que ofrecía diariamente un simpático y experimentado epidemiólogo de cejas pobladas.

Una existencia en estado de suspensión

Entre cuatro paredes, los días comenzaron a parecerse uno a otro más de lo deseable y nos sumergimos en todo tipo de actividades que nos pudieran garantizar una evasión momentánea. Los libros y el cine alimentaron nuestra imaginación ante las ansias de volver a tomar las riendas de una existencia en estado de suspensión.

La música volvió a ser ese madero en la inmensidad del océano al que agarrarnos en las horas de desasosiego y desesperación. Tomamos como bandera común el Resistiré, nuestro Bella Ciao, que nos recuerda que hasta en los días duros, los seres humanos somos como un junco que, aunque se doble, siempre sigue en pie. 

Las pantallas intentaron acercarnos a nuestros seres queridos, de los que nos despedimos con un punto y seguido sin saber que estábamos firmando un punto y aparte. Nos alejamos de ellos para salvarlos, pese a que la añoranza del calor del abrazo cercano y el recuerdo del roce de unos labios amigos pudiera erizarnos la piel.

Por el contrario, aprendimos a mantener la distancia social, pusimos nuestras manos en remojo a cada ocasión que tuvimos y rápidamente integramos en nuestro vocabulario habitual términos como cuarentenaasintomático test rápido

Proliferación de oportunistas y mentirosos

Como Saramago nos ilustró en su brillante Ensayo sobre la ceguera, la crisis sanitaria a la que nos enfrentamos ha dado lugar a valiosas muestras de solidaridad y empatía, pero también ha desatado las pulsiones más crudas de la poliédrica existencia humana. El cuestionamiento de nuestras certezas más profundas y de la sensación de inevitable progreso en las sociedades occidentales ha resultado ser un caldo de cultivo inmejorable para la extensión del discurso ultra y la proliferación de toda clase de oportunistas y mentirosos.

El rol de foro de debate público que ofrecen las redes sociales ha sido utilizado interesadamente para difundir bulos y medias verdades con los que alimentar la confrontación. Con posturas tan alejadas es difícil una mínima reflexión intelectual y un posible acercamiento entre planteamientos diferentes. El único desinfectante ante este mal es la adecuada praxis de los medios de comunicación, cuya tarea consiste en la producción de información rigurosa y de calidad, pese a estar atenazados desde hace años por la precariedad laboral de los periodistas y la influencia de los intereses de sus propietarios. 

La crisis sanitaria nos ha dado varias lecciones. Entre ellas, nos ha demostrado la importancia de blindar la sanidad pública para recordarnos que el gasto en investigación científica ha de considerarse una inversión. También ha puesto de manifiesto que la estrategia de deslocalizar a terceros países la producción de bienes básicos como los respiradores, las mascarillas o los guantes, no resulta acertada.

Las redes sociales han sido utilizadas interesadamente para difundir bulos y medias verdades con los que alimentar la confrontación

Sin embargo, desde hace unos días, nuestras vidas detenidas han recuperado parte de su brillante color ante la progresiva vuelta a un mundo externo que nos parecía ajeno y vedado. El paulatino aplanamiento de la curva de contagios y fallecimientos nos permite realizar salidas esporádicas de las que exprimimos cada segundo. Ahora aprovechamos esta experiencia vital que nos permite conectar con la naturaleza y con la ciudad como antaño.

Es tiempo de poner en práctica los aprendizajes resultantes de la introspección durante el confinamiento y de plantearnos cuál es el modelo de sociedad que queremos reconstruir. Nuestra principal certeza es que deberemos seguir protegiendo a nuestros familiares, amigos y conciudadanos hasta que la universalidad de una vacuna permita derrotar al virus definitivamente. Cuando ese día llegue, las calles se volverán a llenar tal y como se vaciaron. Las risas resonarán de nuevo en los bares y los aviones serán testigos del comienzo de un viaje con amigos. Las casas pasarán a ser refugio opcional y no forzoso, y cuando estemos hartos de la rutina, optaremos por improvisar.

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